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Aún recuerdo el arenoso y oscuro pavimento de la Avenida de Ruiz Jiménez en 1966. Allí, en la pequeña dependencia que ejercía de portería del colegio “de los Maristas”, a la izquierda de la entrada, me encontré, creo, con el hermano Federico. Alto, delgado, desgarbado. Me preguntaba ciertas nociones que el futuro alumno debería saber para hacer el examen de “ingreso”.
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Debí responder adecuadamente, ya que me aceptaron de inmediato. Al hermano Federico le sucedieron muchos otros profesores, hasta mediados de los 70. El recuerdo me devuelve los gestos afables del hermano Alejandro, alguna sonora bofetada —¡Qué tiempos!— de Ángel Zabala, la sonrisa imperecedera de Manuel Rubio, con su voz queda, los clásicos franceses leídos por el hermano Fernando, las integrales del hermano Barrionuevo o la camaradería de don Juan Nieto, por citar a algunos. Sin embargo, la cúspide de la nostalgia alcanza, como no podía ser de otro modo, al hermano Polón. Figura emblemática de aquel tiempo en el que cualquier domingo podía ser un día perfecto para cumplir el terrible castigo de memorizar la Ley de Boyle-Mariotte en unas maratonianas tardes festivas que no acababan hasta que de nuestras bocas salía, impoluto y perfecto, el enunciado de tal o cual teorema, ley física o postulado científico. Respirar el aire fresco de la tarde en el patio vacío era el mejor premio tras el silencioso encierro. Día a día, en aquellas aulas con la palestra en alto y la papelera embutida en el muro, transcurrieron mis años y los del colegio. Hoy ambos llegamos a los cincuenta —curiosa circunstancia—, aunque sospecho que sólo yo voy notando los achaques inexorables de la edad. El colegio crece, se renueva, acoge a nuevas generaciones de alumnos y alumnas y sigue abriendo sus puertas, celebrando festivales y festejando a Marcelino Champagnat. Como entonces. Recuerdo vívidamente las tardes de cine colegial, con aquella tarjetita en la que ir picando cada película, la escapada al laboratorio de física donde descubrir que nuestra cabeza de preadolescentes era capaz de encender un tubo de neón, el extraño aroma de la tarima del suelo del gimnasio capitaneado por Juan Maestro, las particulares visiones patrióticas de José Á. Álvarez en las inefables clases de FEN o las llamadas del hermano Luis Briones (a quien luego descubrí leyendo a Eslava Galán) a la secretaría para firmar los papeles que debíamos rellenar los becarios… De los compañeros —y compañeras, ya que viví la entrada de las niñas en aquel COU de 1973— sería imposible desgranar los recuerdos. Con algunos aún queda el rescoldo de la pasada camaradería, otros han ido desapareciendo en la bruma del tiempo. Algo muy especial, no cabe duda, quedó en nosotros tras pasar por el colegio y quizá este aniversario es el momento para recordarlo. Han pasado 75 años desde que la Orden Marista decidió establecerse en Jaén y 50 de la construcción del colegio actual. Sirvan estos humildes recuerdos personales como homenaje a quienes, como ellos, han dedicado su esfuerzo a enseñar a vivir a tantas generaciones de giennenses. Conservo todavía con cariño el pin con las tres violetas y el “Esto inaccesa rupes”. Gracias por todo, hermanos.
Pedro A. López Yera es maestro Diario Jaén 17 Abril 2007
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