Jueves, Febrero 23, 2012
Ademar Jaén

Los alumnos del ayer lejano

Me recordaba Enrique, mi antiguo alumno allá por los años cincuenta y tantos, «el fervor mariano de aquellos tiempos» en la Plaza de la Merced y continuado después en el gran edificio de la Avenida de Ruiz Jiménez. ¡Qué sencillez en aquellos Hermanos! que, a veces, no conocíamos su nombre –le nombrábamos por el Hermano de mi clase- El sábado, por entonces día lectivo, tenía su encanto especial: había catequesis interesante sobre la Virgen María. Siempre iba acompañada de lindos ejemplitos que mantenían nuestra atención, como la «corbata blanca», «Tengo necesidad de una Madre», etc.…, aquel rezo del Rosario, en todas las clases, nos mantenía en un clima de filial recuerdo hacia la Buena Madre. La fiesta de la Inmaculada, el Mes de María con aquel inolvidable «Venid y vamos todos». Entonces invocábamos al Padre Fundador así: Venerable Marcelino Champagnat.


Nos llenamos de alegría cuando en mayo de 1955 el Santo Padre, Pío XII, le dio los honores de Beato, y en estos últimos años, nuestros nietos nos llevaron a casa una circular de la Dirección de nuestro Colegio donde se nos informaba del magno viaje que se proyectaba efectuar a Roma, por parte de toda la Familia Marista, pues S.S. Juan Pablo II le declararía SANTO el día 18 de abril de 1999. Y aquí estamos nosotros, la Asociación de Antiguos Alumnos que quiere seguir en el recuerdo y vida que trataron darnos nuestros antiguos Hermanos-Profesores, como acertadamente reza el primero se los Fines de nuestros Estatutos: «COMPLETAR Y REVITALIZAR LA FORMACIÓN HUMANA, MORAL Y RELIGIOSA QUE NOS FUE IMPARTIDA, SIENDO ALUMNOS DEL COLEGIO MARISTA».


Queremos –sigue animado mi Enrique- nosotros, los antiguos alumnos, hoy hombres profesionales, maduros tomar conciencia de nuestro dar sentido a nuestra vida, de creer y practicar que el Señor Jesús es: EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA, en medio de este mundo materialista y sin un sentido trascendente, para vivir con gozo nuestros valores cristianos, a pesar de nuestras debilidades, y poniéndonos en el Corazón de Aquél que nos advierte: SIN MÍ NO PODÉIS HACER NADA». «Que tratemos de concretizarnos en nuestra manera de vivir: ¿QUÉ PUEDO HACER YO POR MI FAMILIA, POR EL HERMANO QUE NECESITA AYUDA, que está esperando de nosotros la mirada compasiva del BUEN SAMARITANO de este SIGLO XXI, en medio de este mundo egoísta? Recuerdo aquel verso de nuestra insigne Santa Teresa: ¡SÓLO DIOS BASTA!, y es que Marcelino Champagnat, como dice nuestro slogan de la Canonización era un corazón sin fronteras. A todas las diócesis del mundo hay que evangelizar en áreas como: JESUCRISTO, MARÍA, LOS JÓVENES, LA FRATERNIDAD, LA IGLESIA DE DIOS, LA AUTOSUPERACIÓN, LA SOLIDARIDAD. Creo que no está bien, por nuestra parte, encerrarnos en un ámbito de Asociación colegial con nuestros recuerdos y anécdotas. Vayamos hacia los valores de siempre, los permanentes…, porque «in extremis» podría ser exalumno de nuestro Colegio SANTA MARÍA DE LA VIRGEN DE LA CAPILLA, sin ser exalumno marista, si es que no me dejo influenciar por los ideales maristas, aunque recuerde perfectamente el nombre de varios compañeros y de algunos maestros. Otra cosa muy distinta sería gozarse de aquella filosofía teórica-práctica marista que pudo crecer en aquellas nuestras aulas. Con esta clase de alumno sí quiero compartir mis reflexiones». «Y decía nuestro Fundador San Marcelino Champagnat que quería de nosotros buenos cristianos y buenos ciudadanos y que, evidentemente, no se trata de un mero cumplimiento externo de la Ley, olvidando el corazón. Estaréis de acuerdo conmigo que nuestro ser ideal es llegar a ser auténticos hijos de Dios, hermanos de Jesús, para estar más al lado de este otro hermano, el que te está pidiendo que lo mires. Vocación primordial: TODOS LLAMADOS A LA SANTIDAD, aquí no hay monopolios. Sed perfectos
como vuestro Padre celestial es perfecto. Y así es de fácil, cuando funciona el auténtico amor. Recordemos al Hermano de nuestra clase cuando todo entusiasmado nos refería escenas del Hijo pródigo, el Buen Samaritano, el Juicio Universal…para que todos queramos ponernos en los brazos misericordiosos del Padre que está en los cielos» ¡Y SIEMPRE MARÍA! ¡Y SIEMPRE MARISTAS! «Años más tarde –sigue nuestro Enrique- leí en la Vida de nuestro Fundador: ELLA (María) LO HA HECHO TODO ENTRE NOSOTROS. Cuando me paro a pensar en aquel sencillo y humilde sacerdote, sin medios humanos, Fundador de una pequeña Familia religiosa en el primer tercio del siglo XIX y hoy extendida por 76 países de nuestro mundo, no dejo de admirar este milagro de nuestra BUENA MADRE. Su solo Nombre es fuente de esperanza y optimismo para toda la Familia Marista». Le completo a nuestro Enrique su reflexión: ORIENTAMOS EL CORAZÓN DE LOS JÓVENES A MARÍA, DISCÍPULA PERFECTA DE CRISTO, Y LA HACEMOS CONOCER Y AMAR COMO CAMINO QUE LLEVA A JESÚS. CONFIAMOS NUESTROS EDUCANDOS A ESTA BUENA MADRE Y LOS INVITAMOS A DIRIGIRSE A MENUDO A ELLA Y A IMITARLA.


Concluyo mi delicioso encuentro con Enrique y sí recordamos todos que la Virgen es la columna vertebral de nuestra Familia Marista, como camino hacia Jesucristo, Nuestro único Bien y único Salvador. No nos quedemos con los brazos cruzados. Encontremos unos minutos para estar con Ella. Será el oxígeno de nuestro obrar diario. Todo es posible si se quiere. Convencernos que «orar» es tener Vida de Dios en nosotros. ¡Qué bien si los Asociados tamásemos a pecho orar en nuestra Iglesia doméstica, la Familia, con la oración del Rosario, contemplando con los ojos de María las escenas de Nuestro divino Redentor! Sin duda todo iría mejor en nuestra vida. Fraterno abrazo a todos los Asociados y a vuestras familias, y deciros que nosotros, los Hermanos, rezamos constantemente por nuestros Alumnos y Antiguos Alumnos por expreso deseo de San Marcelino Champagnat.

H. Fernando Moreno Barrio

 

MIS RECUERDOS MARISTAS

Ilustración: María José López CámaraAún recuerdo el arenoso y oscuro pavimento de la Avenida de Ruiz Jiménez en 1966. Allí, en la pequeña dependencia que ejercía de portería del colegio “de los Maristas”, a la izquierda de la entrada, me encontré, creo, con el hermano Federico. Alto, delgado, desgarbado. Me preguntaba ciertas nociones que el futuro alumno debería saber para hacer el examen de “ingreso”.

Debí responder adecuadamente, ya que me aceptaron de inmediato. Al hermano Federico le sucedieron muchos otros profesores, hasta mediados de los 70. El recuerdo me devuelve los gestos afables del hermano Alejandro, alguna sonora bofetada —¡Qué tiempos!— de Ángel Zabala, la sonrisa imperecedera de Manuel Rubio, con su voz queda, los clásicos franceses leídos por el hermano Fernando, las integrales del hermano Barrionuevo o la camaradería de don Juan Nieto, por citar a algunos. Sin embargo, la cúspide de la nostalgia alcanza, como no podía ser de otro modo, al hermano Polón. Figura emblemática de aquel tiempo en el que cualquier domingo podía ser un día perfecto para cumplir el terrible castigo de memorizar la Ley de Boyle-Mariotte en unas maratonianas tardes festivas que no acababan hasta que de nuestras bocas salía, impoluto y perfecto, el enunciado de tal o cual teorema, ley física o postulado científico. Respirar el aire fresco de la tarde en el patio vacío era el mejor premio tras el silencioso encierro. Día a día, en aquellas aulas con la palestra en alto y la papelera embutida en el muro, transcurrieron mis años y los del colegio. Hoy ambos llegamos a los cincuenta —curiosa circunstancia—, aunque sospecho que sólo yo voy notando los achaques inexorables de la edad. El colegio crece, se renueva, acoge a nuevas generaciones de alumnos y alumnas y sigue abriendo sus puertas, celebrando festivales y festejando a Marcelino Champagnat. Como entonces. Recuerdo vívidamente las tardes de cine colegial, con aquella tarjetita en la que ir picando cada película, la escapada al laboratorio de física donde descubrir que nuestra cabeza de preadolescentes era capaz de encender un tubo de neón, el extraño aroma de la tarima del suelo del gimnasio capitaneado por Juan Maestro, las particulares visiones patrióticas de José Á. Álvarez en las inefables clases de FEN o las llamadas del hermano Luis Briones (a quien luego descubrí leyendo a Eslava Galán) a la secretaría para firmar los papeles que debíamos rellenar los becarios… De los compañeros —y compañeras, ya que viví la entrada de las niñas en aquel COU de 1973— sería imposible desgranar los recuerdos. Con algunos aún queda el rescoldo de la pasada camaradería, otros han ido desapareciendo en la bruma del tiempo. Algo muy especial, no cabe duda, quedó en nosotros tras pasar por el colegio y quizá este aniversario es el momento para recordarlo. Han pasado 75 años desde que la Orden Marista decidió establecerse en Jaén y 50 de la construcción del colegio actual. Sirvan estos humildes recuerdos personales como homenaje a quienes, como ellos, han dedicado su esfuerzo a enseñar a vivir a tantas generaciones de giennenses. Conservo todavía con cariño el pin con las tres violetas y el “Esto inaccesa rupes”. Gracias por todo, hermanos.

Pedro A. López Yera es maestro Diario Jaén 17 Abril 2007



Buscar